Asunto: Sobre el sacrificio voluntario
Fecha: 2 de julio de 2026
No es que todo tenga exactamente que doler, Lucilio, pero no existe fortaleza que haya sido desarrollada sin esfuerzo, aun cuando este no sea necesariamente voluntario.
En la vida habrá situaciones que deberás resolver —o simplemente atravesar— sin importar si las elegiste. Si de todas maneras vas a necesitar ser fuerte para enfrentarlas, ¿por qué no entrenarte progresivamente para darles mejor batalla?
Las batallas que peleas con más ganas son aquellas que eliges, pues convencido de la causa el esfuerzo es más natural y te motiva el posible resultado positivo. También se presentarán aquellas que no elegiste, pero haber ejercido la voluntad sobre las primeras no sólo te habrá hecho más fuerte para las segundas, sino que te habrá permitido ejercer tu libertad de acción, la más genuina forma de libertad — o la más ilusa, como dicen mis amigos deterministas.
Que la mayoría de tus elecciones sean a favor del bienestar futuro en vez de la gratificación inmediata, demuestra que estás escogiendo correctamente las batallas, haciéndote fuerte en lo que vale la pena. Es claro que el músculo de cada ejercicio voluntario no es necesariamente el mismo que el que uno requiere para el siguiente —ni que un único ejercicio te prepare por completo para la competencia—, pero ello no te exime de fortalecerte continuamente — refiriéndome más a lo mental que a lo físico.
Si bien todo sacrificio voluntario provocará al menos alguna molestia temporal —siempre menor al beneficio futuro—, en modo alguno conviene arriesgar el bienestar presente más de lo necesario. Además, reducirse las comodidades del presente no es más que regresar al estado natural de las cosas — nunca más válido hoy con todo el exceso material y mental al que nos exponemos constantemente.
Bien decía Epicuro que nada nos es quitado, sino sólo devuelto. Vivir asumiendo que ya hemos devuelto aquello es vivir sin el miedo de perder algo que, muy probablemente, no era siquiera necesario.
En tiempos como estos, Lucilio, en donde trágicamente la comida nos sobra a muchos mientras otros todavía mueren de hambre, encuentro el ayuno como uno de los ejercicios más completos, para el cuerpo, la mente y el alma. Gran parte de lo que ingieres no lo necesitas; y al comer sin pausa, no dejas que el cuerpo utilice sus reservas y active completamente su metabolismo.
Tener la capacidad de no consumir alimento cuando las sensaciones nos dicen lo contrario y más aún, de regular las emociones iniciales que se generan por la falta de costumbre, es hacer de tu mente mucho más fuerte.
¿Y qué de tu alma? Vivir en carne propia el hambre que otros padecen involuntariamente es, quizás, el más poderoso ejercicio de empatía.
Si debes elegir uno de dos dolores, Lucilio, el dolor presente que sabes que puedes soportar es mejor elección que el dolor futuro, cuya intensidad y duración desconoces — si algo puedes conocer de él.
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