Sobre las multitudes
Antes de tu consejo, Séneca, yo ya rehuía de las multitudes. Tenía mis razones y si bien confiaba en mi intuición para ello, alguna lógica tenía detrás de esto.
Por un lado, me aturde el ruido y el no tener espacio para movimiento libre. La mejor muestra de esto es el tráfico: cuando hay un atascamiento vehicular, ninguno avanza, todos hacen ruido y a uno se le hace cada vez más tarde para llegar a su destino. Pero también me ocurre cuando voy a pie: salvo que realmente no tenga opción, casi nunca estoy dispuesto a hacer una cola para ingresar a algún lugar o esperar que me atiendan - y eso que normalmente encuentro cómo aprovechar el tiempo leyendo algo útil.
Por otro lado, hay algo en lo popular que suele diluir mi atracción por algún objeto, una entidad o una actividad. Es tal vez el hecho de que algo tenga muchos seguidores lo que disminuye mi interés. Empiezo a sentir que esa atracción debe tener algún defecto o no ser tan buena como me parecía. Y ahora que la veo con más atención, empiezo a encontrar los defectos.
Me ocurre con el calzado: no puedo negar que existen diseños que parecen cómodos o visualmente atractivos, fabricados por las grandes marcas. Pero ahora que conozco sólo un poco de los beneficios del calzado simple, ese que es muy parecido a caminar descalzo, me horrorizo pensar en las enormes plataformas que hoy llevan los pies de la mayoría, destinados inevitablemente a lesiones.
Me ocurre con las grandes personalidades de mi época, sean empresarios, artistas o políticos. Justamente por tener tantos seguidores es que pierden valor para mí, pues si a tantos han podido encantar suele ser por proveer alguna prestación promedio — y no me interesan los promedios, sino más los extremos. Claro, tampoco es que busque ser el único seguidor de alguien, porque eso es garantía de estar equivocado, pero que seamos algunos me da más bien alguna confianza de ir en la dirección correcta o de que no estoy completamente desquiciado.
Me ocurre con las actividades, en particular con las deportivas. Me gustaba muchísimo nadar en aguas abiertas cuando éramos pocos por estos lares. Ahora que tanta gente nada en el mar, ya son demasiados los que encuentro en mi playa de siempre, así que voy mucho menos, generalmente solo y sin ganas de competencias. Me pasaba algo similar cuando corría por la calle e incluso cuando probaba la carrera de montaña.
Es como si existiera alguna cantidad de personas a partir de la cual aquello pierde casi todo su interés para mí. Y ahora que reflexiono sobre tu consejo, debe ser que cuando hay mucha gente, sólo encuentro promedios, de los que casi nada puedo aprender, ni puedo tener llegada suficiente para enseñarle algo a tantos. Si no voy a recibir, ni voy a poder dar algo útil, creo que no es para mí.
Pensaba, Séneca, que existe una excepción a todo esto de rehuirle a las multitudes: cuando las necesitamos para generar cambio. Me encantaría que la asociación en la que trabajo tenga miles de miembros intentando resolver el problema del agua en mi país. Que mi negocio tenga la cantidad de gente que nos da escala suficiente para ser rentables. Que las nuevas generaciones voten mejor por nuestros gobernantes. Todas estas situaciones tienen en común que buscan, justamente, el bien común, no el personal.
Entiendo perfectamente que algunos se energizan por el contacto con la gente, mientras que otros somos más del contacto con uno mismo. En un caso u otro, no tengo dudas que necesitamos siempre de los demás, pero para cada uno parece existir la dosis ideal, la cual depende del mal a curar: el de uno o el de varios.
2 de abril de 2026
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