Sobre la autosuficiencia
Recuerdo, querido Séneca, que una amiga decía que lo peor de nuestras largas travesías a nado en el mar era que tenía que estar mucho tiempo consigo misma, pues sus solitarios pensamientos la atormentaban. Me quedé pensando si no será esa justo la desgracia de los extrovertidos: necesitar de otros para hallar la calma.
Los introvertidos, en cambio, buscamos esta soledad; más aún: la disfrutamos. Aunque también la pagamos con una desgracia: no poder compartir fácilmente aquello que ya no cabe guardarse más.
Pero ni al que la busca ni al que la teme le basta con querer estar solo, ni siquiera con poder: falta saber estarlo bien. En esto parece consistir toda nuestra preparación: en no depender de nada ni de nadie para estar bien — y quizás también para hacer el bien.
Por un lado está lo material, no refiriéndome a tener lo necesario para subsistir sino aprender a conseguirlo. Buscarse la comida y prepararla. Construir el lecho para descansar. Ejercitarse por la necesidad de moverse y mover objetos, no como fin. ¿Cuánto de esto habremos perdido, me pregunto, frente al nómada de hace miles de años?
También está lo inmaterial, tal vez todavía más abundante hoy. Crear o contar la historia para entretener a otros. Hacer música con lo que se tenga a la mano. Descifrar una verdad sobre lo que importa — o al menos acercarse. Decidir qué es correcto vía pura introspección. Aquí también parecemos haber retrocedido: consumimos cada banalidad que nos llega, no por valiosa, sino por haberse propagado con facilidad.
Y está además lo espiritual —de lo cual, por ahora, evoco solo la capacidad de estar simplemente con uno mismo—, sin la necesidad de entretenerse ni resolver nada, sino simplemente siendo. Si esto fue siempre difícil, sospecho que hoy es imposible para casi todos.
Siendo el ser humano un animal social, me resuena eso que dices: obrar como si siempre nos viera alguien a quien respetamos. Y me parece muy útil, también, imaginar que cualquiera podría estar mirándonos — al menos la vergüenza nos contendría. Pero llegar a ser uno mismo el único testigo y aprender a ser nuestro propio mentor — eso parece de otro nivel.
De seres humanos a seres vivos; de seres vivos a seres; y de seres, por fin, a ser. Esta es la progresión que buscaré seguir para encontrarme, que va de muchos a uno, de los sustantivos al verbo.
Y quizás, cuando simplemente aprenda a ser, habré aprendido a bastarme a mí mismo.
1 de septiembre de 2026
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