Sobre el sufrimiento innecesario
Me ha ocurrido miles de veces, querido Séneca, pero particularmente hace tres semanas, tres días y tres minutos.
Hace tres semanas cometí el error de compartir con un cliente información muy confidencial y sensible que podría haberme costado el contrato con su empresa y tal vez hasta quebrar la mía. Recuerdo visceralmente la sensación de desesperación al intentar corregir mi error, y ya siendo imposible, al procurar moderar sus consecuencias.
No sólo me complicó toda la agenda del día, sino que me alteró el ánimo por completo. Pude al final controlar un poco mis emociones, y aunque no pueda decir que el problema esté superado, me ha devuelto la tranquilidad el haber hecho todo lo que estaba bajo mi control hasta el momento.
Hace tres días, en una reunión con los demás socios y gerentes de mi empresa, revisábamos las proyecciones de lo que queda del año, las cuales son lamentablemente peores a los malos resultados que habíamos proyectado. Habiendo digerido previamente el sinsabor, decidí resaltar para ellos lo duro de la realidad, pero también que todavía estaba en nuestras manos — y sobretodo cabezas — que cambiemos la situación, primero para bien, y luego para mucho mejor.
Y hace tres minutos, antes de empezar a escribir esto, leí un mensaje en el que un cliente nos pedía revisar el contrato que tenemos firmado, justo luego de haber enviado respuesta a un caso en el que cometimos una falta delicada. No pude evitar que mi primera reacción fuera pensar que podría haber alguna intención sancionadora en ese pedido, pero luego decidí pensar que podría ser también cualquier otra cosa.
En todas estas situaciones he sufrido antes de lo necesario, o más de lo necesario, o incluso sin saber si era necesario. Me ocurre con frecuencia que me duele el golpe sin haberlo recibido, lo cual es claramente una estupidez de nuestra imaginación, como si la experiencia se construyera fuera de la realidad.
Entiendo perfectamente que nuestra mente esté programada para predecir futuros acontecimientos, pues así podemos definir cursos de acción con la debida anticipación. El gran problema es que para situaciones nuevas o muy complejas, no tenemos capacidad de predicción, como sí la tenemos para proteger nuestro cuerpo de un daño mayor o para ejercer nuestra capacidad de supervivencia. El instinto se forma con millones de datos; la razón sólo puede llegar a fórmulas.
Por un lado, estamos viviendo y sé que vienen tiempos muy duros para el negocio, que además se pueden traducir en dificultades personales por falta de dinero y tiempo. Pero por el otro, no voy a permitir que la situación decida cómo me debo sentir, sino sólo que me haga sugerencias.
Me viene entonces la idea de optimismo condicional: las cosas van a ir mejor en la medida que haga lo necesario para que así sea. No es sólo una bendición tener la capacidad de hacer algo todavía, sino de darse cuenta, y el universo me está regalando ambas, justo en este momento.
26 de mayo de 2026
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