Sobre el retiro del sabio
Es increíble, querido Séneca, que no sólo escribas dándome consejos que tanto tiempo después me servirán para la vida, sino consejos específicos para aquello que pasa por mi cabeza, justo en estos momentos. Empiezo a pensar que estás dentro de mi mente, pero conociéndote, incluso así, prefiero creer que ya has descifrado la mente humana, y por ello todos los que te leemos nos sentimos plenamente identificados.
Recibo esto justo cuando hace poco he pensado mucho en mi retiro. No es nuevo este deseo de dejar de trabajar en lo de siempre para dedicarme a lo de casi nunca, y así hacer aquello que me llene y me haga contribuir más a la sociedad, pero últimamente me lo he tomado tan en serio que le he puesto fecha (50 años) y monto (una cantidad de dinero definida en mi cuenta). No es que vaya a renunciar hasta entonces a todo lo que me conduzca a este objetivo — nada me asegura conseguirlo — pero claramente me ayuda a definir mis prioridades.
En contra de este deseo tenía la objeción, latente siempre pero pronunciada recientemente por algunas cosas que vengo leyendo: que retirado como en la imagen que proponía, no sólo no podría ser realmente feliz, sino poco útil para los demás. Por lo primero — la falta de actividad— lo resuelvo listando las muchas actividades que tranquilamente pueden colmar mi vida y seguir haciéndome crecer. Por lo segundo, no tengo respuesta contundente, por cuanto sigo creyendo que nada reemplaza a la acción para realmente influir.
De hecho, una de las principales actividades en mi soñado retiro es escribir — no sólo para mí sino buscando algo que sea de utilidad para los demás. La imagen me entusiasma: vivir de lo que me apasiona, como excusa para aprender y compartir. Pero luego venía el miedo de que todo se quedara en letra y no se convirtiera en movimiento.
Mi pensamiento me llevó luego a entender que el ciclo — leer para pensar, escribir para digerir, aplicar para aprender, y volver a escribir para contar — podría ser la fórmula perfecta para mí, y que requeriría períodos muy distintos de actividad — no sólo en forma sino en intensidad. Hoy que nadé, por ejemplo, mi rutina fue exactamente así: intervalos de soltura en los que podía pensar, algunos de ejercicios en los que ponía en práctica lo que sé, uno de nado intenso que casi silenciaba mi mente, y finalmente un tramo de reflexión: agradecimiento al universo por el disfrute, a mi cuerpo por haberme llevado, y a mi mente por haber sido consciente de todo esto.
No es que simplemente me retire del trabajo actual, sino que me quiero dedicar a otros trabajos mejores para mí, para nosotros, para ellos, para todos. Veo en este orden una progresión que requiere cada vez más preparación, pero que a la vez puede generar mucho más contribución, y por ello me resulta perfectamente razonable y moralmente aceptable.
No es mío, Séneca, eso de que "no es tuyo lo que hizo tuyo la fortuna". Tampoco es frase mía "el bien que pudo otorgarse puede arrebatarse". Al citarlas simplemente estás recogiendo una pequeña parte de los dividendos que te corresponden por haber invertido en mí, los cuales pago con el mayor de los gustos, junto con un bono extraordinario que tampoco puedo reclamar como mío: "todo me ha sido prestado y lo devolveré agradecido cuando me sea solicitado".
31 de marzo de 2026
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