Sobre el miedo a la muerte
Hace unos cinco años, cuando mi esposa estaba embarazada de mi segunda hija, viví un episodio en el que estuve cerca a la muerte. Recién en ese momento entendí que desde que nací estoy siendo conducido a la muerte, como me explicabas en tu carta, mi querido Séneca.
Intentábamos con unos amigos ingresar por una playa con olas grandes para iniciar una travesía de varios kilómetros de nado. La distancia no era problema alguno, por cuanto ya había nadado similares y además estaba bien entrenado — pero las olas que impedían el ingreso, sí que eran de temer.
Si de mi solamente hubiera dependido, no habría intentado atravesar esas olas, pero mis dos amigos ya las habían cruzado y un tablista que parecía dominarlas me animó a seguir. Me aventuré entonces, pero luego de atravesar algunas cuantas vino el momento que temía: una de las grandes olas reventó antes de que la pudiera cruzar, empujándome hacia el fondo del mar.
Recuerdo haber visualizado varios momentos de mi vida en segundos, a la vez que me desesperaba por no tener aire suficiente para salir a flote. Pude salir finalmente, respirar profundo, sentir un éxtasis enorme por seguir vivo e iniciar la travesía, sabiendo que me podría haber muerto — aunque no queriendo aceptarlo por completo.
Hasta antes de esto no recuerdo haber tenido miedo real a la muerte, al menos de la mía. El único contacto que había tenido con ella era cuando alguien cercano se moría, siendo la experiencia de ver morir a mi padre, sin duda la más fuerte.
Recuerdo haber llorado delante de él semanas antes, sabiendo que si no hacíamos algo radical por su salud, lo íbamos a perder. Esta yo allí explicándole sobre un tratamiento alternativo para salvar sus riñones cuando entendí que ya nos quedaba poco tiempo con él, y me quebré.
Los días siguientes vi cómo mi padre se iba apagando lentamente, no sólo en fortaleza física sino en sus ganas de vivir. Tan evidente era para mí, que el día que tuvimos que llevarlo a la clínica por una alerta con sus signos vitales, yo sabía que ese día probablemente sería su último, al punto que quise yo quedarme con él para acompañarlo en la noche, durante sus últimas horas.
Mi padre también tenía miedo a la muerte, pero el sufrimiento por su enfermedad era tan duro que estoy seguro que él ya no quería seguir viviendo y por lo tanto eligió dejarse llevar.
Creo que tuve mucho miedo a la muerte cuando casi me ahogo porque todavía no conocía a mi segunda hija, porque habría dejado sin padre a mi primera hija y por dejar sola a mi esposa estando recién casados, en ese mismo orden. No recuerdo haber tenido miedo por mí — aunque reconozco que la idea de ahogarme me aterraba. El miedo era por ellas.
Si hoy algo temo respecto a la muerte, estoy logrando no pensar en mí, pero inevitablemente pienso en todos aquellos en los que algún efecto podría tener que yo no esté.
Desde entonces no he vivido algo similar, pero estoy preparándome para enfrentar estos miedos, sin duda gracias al estoicismo. He llegado a entender, al menos, no sólo que estoy muriendo todos los días, sino que mi vida se puede terminar en cualquier momento. Y no pudiendo hacer nada al respecto, he decidido aprovechar al máximo el tiempo que por aquí me queda.
Justo hace poco que asistí a la celebración de los cincuenta años de un amigo y se me pidió dar unas palabras, insistí en recordar que era ese preciso instante lo único que tenemos — no importa si es cumplir una década, un año, un día, o en realidad, solamente un segundo más de vida.
Me quedo, Séneca, con la imagen del agua del río, que simplemente fluye con el canal que la naturaleza le ha cedido, y aunque piedras y escombros se cruzarán en el camino, sólo tiene permitido fluir entre ellos y llegar al mismo destino que todos.
No sólo de agua estamos hechos, sino que agua somos en este hermoso río que es la vida y que sin duda tiene un destino final en el que simplemente —felizmente prefiero decir — pasaremos a ser parte del todo.
17 de marzo de 2026
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